Partidos No-Constitucionales / In-Constitucionales en las Democracias Constitucionales

Partidos No-Constitucionales / In-Constitucionales en las Democracias Constitucionales


JOSE ANTONIO GIUSTI TAVARES*
1 de febrero de 2011

“… El partido debe responder a las demandas de una larga lucha por la hegemonía (…) mediante la construcción de una cultura política y de una ideología socialista en núcleos altamente organizados de aquellos sectores revolucionarios, hacia una ruptura con el Estado burgués… con respuestas dentro y fuera del orden (…), de lo contrario sólo se limitará a los enfrentamientos en la esfera política de las instituciones del orden, siendo inexorablemente absorbido por él. “


Tarso Genro, actual gobernador por el PT de Río Grande do Sul, sustentando la estrategia leninista-troskista de la dualidad del poder, en 1988, en Teoría y Debate, No. 4, 38-41.

Existe un problema serio y delicado con la existencia de Partidos no constitucionales en las democracias constitucionales como la brasileña, que debe ser examinado y enfrentado con la mayor claridad y sin ningún tipo de encubrimiento.

Entiendo por democracia constitucional aquella en la cual no sólo la representación política y el gobierno están constituidos mediante elecciones competitivas con sufragio universal periódicas y regulares, con sujeción a mecanismos de responsabilización mediante rendición pública de cuentas (la accountability vertical), sino en la cual también están instituídos y funcionan de manera efectiva mecanismos de separación y contención recíproca de los poderes constitucionales (la accountability horizontal), y los derechos individuales, incluido el derecho a la vida, a la libertad, a la propiedad y a la asociación, están garantizados por el derecho constitucional y los tribunales.

Entiendo por Partidos constitucionales aquellos que se mueven dentro de los límites del orden constitucional anteriormente descrito. Y entiendo por partidos no constitucionales aquellos que no sólo no observan tales límites sino que, de manera evidente, por sus propuestas y por sus actitudes, socavan o amenazan con socavar ese orden.

En una democracia constitucional y representativa, sobre todo cuando está erosionada y debilitada por la decadencia de sus élites, así como por la corrupción y la desinformación políticas generalizadas, los partidos constitucionales y el mismo orden público constitucional deben enfrentar la paradoja de que con frecuencia se encuentran en inferioridad de condiciones frente a los partidos no constitucionales, los cuales sin embargo participan simultáneamente en la política institucional.}

Esta paradoja deriva de cuatro fenómenos evidentes.

En primer lugar, al participar en el orden político constitucional, los partidos políticos no constitucionales se benefician de las prerrogativas y de los recursos que dicho orden confiere, sin estar obligados a los valores, reglas y límites que el orden constitucional impone, y sobre todo sin renunciar a la conducta revolucionaria, conspiratoria, insurreccional y golpista.

En este sentido, el Partido de los Trabajadores ha sido un caso ejemplar: fuera del gobierno pero, sobre todo, al ocuparlo, simplemente adoptan la estrategia leninista-trotskista de la dualidad del poder, que consiste en conspirar por lo alto, desde el interior de las instituciones, y simultáneamente movilizar desde abajo, desde las poblaciones disponibles y receptivas, generando presiones sociales, inclusive armadas, como es el caso del Movimiento de los Sin Tierra. El mismo título de este artículo es sólo uno de los claros llamados a la estrategia de la dualidad del poder.

En segundo lugar, los ciudadanos comunes, que participan en los partidos constitucionales o se identifican con ellos, dividen su dedicación, sus energías y su lealtad entre múltiples actividades y asociaciones, entre las cuales la política y los partidos políticos tienen una importancia limitada y ocupan un espacio menor: la participación política moderada es un requisito fundamental de la democracia constitucional, la politeia, como ya lo observó Aristóteles. Sin embargo, los partidos totalitarios llaman a la participación y a la movilización políticas permanentes, al profesionalismo, al activismo revolucionario de tiempo completo, y, finalmente, a la politización de todas las esferas de la existencia, empezando por aquellas más íntimas.

En tercer lugar, una comprensión adecuada de los valores en que se funda la democracia constitucional y de las normas e instituciones con las que opera, así como los procesos económicos en función de los cuales se definen las políticas públicas así como el comportamiento de los partidos en las sociedades democráticas contemporáneas, requiere de los individuos, debido a su complejidad y sutileza, un nivel muy alto de discernimiento intelectual, que está por lo general fuera del alcance de la información y del entendimiento del hombre común. En rigor, la participación racional y responsable en las decisiones democráticas exige de los ciudadanos un nivel relativamente alto de información sobre los hechos, así como de saber o conocimiento contextual y de saber o conocimiento estructural, que ellos por lo general no poseen. Bajo tales condiciones, la democracia constitucional muy difícilmente puede competir por la preferencia del hombre común con el totalitarismo, que utiliza una simplificación brutal de la realidad política y económica, sustituyendo la información y el análisis racional con la ideología, un “saber” de bajo costo, cercano de cero, que apela además de manera directa a las emociones y al inconsciente de individuos inmersos en una situación de masa.

Por último, en cuarto lugar, el ejercicio de la libertad y de la responsabilidad públicas, inherentes a la democracia constitucional, implica asumir riesgos y costos, exigiendo de las personas un grado inusual de seguridad psicológica que les permita vivir con la incertidumbre. El recurso normal para reducir la incertidumbre y los riesgos es proporcionado por la información sobre los hechos y por los saberes contextual y estructural, lo que implica costos inmediatos y de mediano y largo plazo, que aquellos que pertenecen a los segmentos más bajos de la sociedad no pueden asumir. Y en este caso, vale la afirmación precedente: para la mayoría de las personas, poco capaces de soportar la incertidumbre y los riesgos de su propia libertad, la ideología totalitaria proporciona una explicación mágica y omnicomprensiva de la realidad y de la historia, que les devuelve la seguridad a un bajo costo.

Frente a tan desigual e insólito desafío, las democracias constitucionales más avanzadas y sólidas se arman con los recursos previstos por la ley constitucional, el más importante de los cuales es la proscripción de los partidos políticos que promueven, fomentan o apoyan los procesos conspiratorios o cualquier otra forma de violencia política: la cláusula de constitucionalidad de los partidos, contenida en el art. 21 (2) de la Constitución de la República Federal de Alemania y efectivamente aplicada por su Tribunal Constitucional, constituye un ejemplo de la mayor importancia:

“Los partidos que por sus finalidades o por las actitudes de sus partidarios tratan de desvirtuar o eliminar el régimen fundamental de democracia y de libertad, o ponen en peligro la existencia de la República Federal, son inconstitucionales.”


Es cierto que la Constitución brasileña contiene una cláusula similar, el artículo 17, que establece en su título, como condición para la existencia de los partidos políticos, la fidelidad al “régimen democrático”, al “pluripartidismo político” y a los “derechos fundamentales de la persona humana”; en el inciso II, establece “la prohibición de recibir fondos de entidades o gobiernos extranjeros o de subordinación a los mismos”; y, por último, en el § 4, prohíbe “la utilización por los partidos políticos de cualquier organización paramilitar”. Sólo falta aplicarlo.

Si un supremo esfuerzo de explicación y clarificación no logra persuadir a los votantes ordinarios de que la democracia constitucional, conquistada a duras penas pero perversamente disputada en las elecciones, debe ser preservada, cualesquiera que sean sus vicisitudes, entonces, la manipulación populista de reales descontentos y el ilusionismo mesiánico pavimentarán el camino de autodestrucción que, consumado por Cuba,  está siendo recorrido en el continente suramericano por Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y Brasil.

No nos engañemos. En ausencia de instituciones sólidas y vigorosas de representación política y de separación de los poderes constitucionales, incluida la separación entre Jefatura de Estado y Jefatura de Gobierno, elecciones plebiscitarias proveerán la antesala del bonapartismo y de la democracia totalitaria, como fue profetizado con acierto por Alexis de Tocqueville.

La experiencia histórica registra casos significativos en los que el totalitarismo ocupó el Estado por la vía electoral, entre los que se incluye el nacional-socialismo alemán.

*José Antonio Giusti Tavares es un esclarecido politólogo brasileño.