La primera impresión – A

(viene de : http://fundacionhayek.co/?p=871)

Me recogieron a las 2 de la tarde. En el taxi colectivo,  iban tres personas más, al parecer todos eran de allá.  Una profesora que tenía una farmacia y una pareja de esposos que acababan de comprar un lote e iban a empezar la construcción de su casa de retiro. Un sueño que habían tenido toda su vida.

Orlando, el dueño del auto que nos llevaba, fue muy atento. La primera sonrisa que me produjo fue cuando me cerró la puerta, puso seguro y  dijo en tono de narrador deportivo: “Acaba usted de dejar la ciudad de Bogotá, desde este momento dentro de este auto, usted se encuentra en el territorio soberano del municipio de Guaduas”. Todos sonreímos.

Yo no quería hablar mucho, y aunque me pareció una forma muy simpática de promover su pueblo, había un hecho claro, todavía estábamos en el parqueadero de mi apartamento en Bogotá. Pero, si imaginaba que ya estaba en Guaduas, el servicio era tan rápido como viajar a la velocidad del pensamiento.

Volví a sonreír, viajar a la velocidad del pensamiento, solo eso me faltaba.

Orlando prendió el auto y salimos de mi edificio. “¡Listo! damas y caballero, el barrio más movido de Guaduas se puso en funcionamiento”, dijo mirando a los esposos por el espejo.  Yo me puse las gafas negras, cerré los ojos, y sin darme cuenta me quedé dormida.

Nos detuvimos. Orlando con tono fuerte, quizás para que yo me despertara, anunció: “Señoras y señores, llegamos al Alto del Vino. Esta es una parada obligatoria. Aquí pueden comprar café, chocolate, galletas, almojábanas, pasar al baño y estirar las piernas. En todo caso yo tengo que hacerlo porque cuando circula la sangre funciona mejor la cabeza”.

Bajé. Necesitaba ir al baño, y de paso, miraría los juguetes en madera de la vitrina para los hijos de mi hermano.

“¿Qué tal el viaje?” Me preguntó la profesora.

“Pues hasta el momento vamos bien, yo me quedé dormida así que no he visto, ni sentido mucho”.

“¿Es la primera vez que viaja a Guaduas?” Continuó diciendo la profesora.

“De turismo, sí. He pasado muchas veces por ahí porque tenemos proyectos en el Oriente de Caldas”. Le respondí.

Ella mirándome con un poco de admiración continuó: “Qué rico debe ser un trabajo en donde deba viajar mucho”.

“La verdad, después de un tiempo no es tan divertido. Al principio, parece paseo, todo es nuevo, la gente, los paisajes, los temas, las historias, pero pasan los meses, aumentan las tensiones de los proyectos, y bueno una lo único que quiere es devolverse pronto para ponerse al día con los informes, contratos,  y pagos de la oficina”…

Lo hice de nuevo, me acababan de decir que tenía un trabajo agradable, mientras yo quería tratar de mostrar que no lo era. Por eso me había callado, y pensé “esta señora sólo quiere ser amable, no pretende ser tu amiga y mucho menos tu siquiatra”.

“Hum, cada trabajo tiene su ciencia y su arte, pero por hacer las cosas aburridas es que nos pagan, por hacer las cosas buenas  casi que las haríamos gratis”. Y diciendo eso la mujer se alejó.

Me sentí un poco mal por no haber sido igual de amable.  Entré al baño. Salí. Compré un chocolate caliente, una almojabana y me senté, tratando de no pensar en nada. Puse cara de intelectual seria e intenté ver el televisor de la tienda mientras terminaba de comer.

“Expreso Guaduas -York y alrededores, se pone de nuevo en marcha”. Dijo Orlando mientras se frotaba el estómago con cara de satisfacción.

Seguimos el viaje. Yo me hacía la dormida mientras el resto conversaba. No quería hablar con nadie. Entre parecer distante y mostrarme aburrida, siempre prefería estar distante.